miércoles, 16 de septiembre de 2009

The time of our lives...

Mi infancia es un recuerdo de un patio, el de mi abuela... Es también el olor a arroz con leche, las regañinas de mi tía abuela María y el gesto siempre cariñoso de su hermana Carmen... Es el juego de las veintiuna y los balones atrapados en el tejado... Mi abuelo viendo deportes (todos) en la televisión y mi abuela trajinando de un sitio a otro... Son mis hermanos y mis primos haciendo de unos metros todo un campo de futbito... Los domingos de invierno en el cine, a ver cualquier película, sin prejuicios... Los veranos azules con nuestras bicis, gorras y tremendos rodillazos... Las noches jugando a polis y cacos, despreocupados, libres, seguros... Los cumpleaños con sandwiches de nocilla, los mezcletes (¿qué sale de la coca-cola, la fanta naranja y el limón?) y la ilusión de quedarte una noche más tarde de las diez a ver una película... Son también mis padres en su cuchicheo nocturno, contándose el día... Y también son las series de televisión, desde el Equipo A hasta Brigada central, pasando por la historia de amor favorita, la que preludiaba lo que sería mi afán por el género televisivo: Norte y Sur. Y es Orry Main, no... Es Patrick Swayze. Por eso, no sólo por cinefilia, también por la propia vida de uno, por lo que llamamos educación sentimental, no he podido evitar pensar en todo lo lejano y, en apariencia, perdido, que nos ha hecho como somos y nos emociona. Y nos acompaña. A pesar de la distancia, el tiempo y el adiós.



miércoles, 2 de septiembre de 2009

Turn and face september, ch-ch-changes!

Septiembre tiene el color y el sabor de las películas de Woody Allen, pero sin Nueva York. Parece que confluyen todos los tiempos pasados en uno: el invierno, el futuro, el presente, la primavera, el otoño, el pasado, el verano... Y es que este último se ha marchado para no volver, al menos, hasta dentro de nueve no tan largos meses. Ups! Casi me entran ganas de cantar eso de “Quiero verano, no lo puedo resistir... oh oh!!”.

Pero esta entrada no pretende ser melancólica, al menos no voy a dejar que lo sea (con lo fácil que sería). Así que, propongo una lista de maravillosas cosas que dejamos atrás por fin y otras tantas que nos llegan.

Atrás quedó:

- El domingo en el que te quedaste sin playa y sin plan, sin nadie en la ciudad, sin pelis en el cine, sin bares donde tapear...
- Las cucarachas que sólo quieren caminar por el asfalto desierto...
- Las canciones del verano, la nueva versión del Jonathan y la del que tiene de tó...
- Los mementos de momentos de otros veranos perdidos, olvidados en el olvido...
- Las maletas llenas de ropa de vuelta de algún lugar: lavadora, secadora, tabla de planchar...
- Los mosquitos, esos pequeños cabroncetes...

Acá llega:

- La nueva temporada, no sólo de las series de ficción, sino de los auténticos seriales que pueden ser nuestras peripecias vitales...
- Regreso al curro, venga ya, no seáis mezquinos, que trabajar ennoblece, que hay un montón de libros que lo incluyen en su título: Los trabajos y los días, Los trabajos de Persiles y Sigismunda... Curiosamente no se me ocurren más! (Ains!)
- Las bufandas...
- Los amigos que se esparcen por el mundo turístico o playero y vuelven, con la frente marchita, pero contando miles de historias y dispuestos a contarlas delante de una cerveza...
- Las fotos...
- La ilusión de un comienzo...
- Los conciertos...

Y sí, diciendo todo esto, no puedo evitar recordar todo lo bueno que se marcha también:
- El mar, que nos ha acunado para la vida, y el reflejo de la luna en él...
- El tiempo libre para hacer nada y todo...
- El sol tostándonos en la arena...
- Las piñas coladas, mojitos y cubatas en una terraza...

Aunque me doy cuenta de que estas son cosas que podemos hacer el resto del año, sin el mismo encanto, quizá... Pero, como digo, no es un post de llanto por lo que se ha ido, sino de optimismo, de expectativa, ante lo que viene. Después de todo, como dice la Mala, “si la vida no me sonríe, yo le hago cosquillitas”.