sábado, 30 de enero de 2010

Esa señora

Últimamente, cada vez que hago una de mis bromas absurdas, me da por pensar que podría hacer con ella un grupo en el facebook. La pena es que estoy segura de que ya existe, que no he inventado nada nuevo, jo! Sobre todo, cuando te has encontrado con los más descabellados, algunos de los cuales me han hecho reír mucho, como el de las “señoras que quedan para ir a andar” o “señoras que llevan una bolsa en la cabeza cuando llueve”. Aparte del evidente toque kitsch, creo que se debe a que me recuerdan a mi infancia porque, por si no os habíais percatado, el friki no nace, se hace. Y es que se cruzó ante mí uno que decía: “mi madre también miente con la hora cuando me despierta”, y es algo que la mía no hace nunca, ni recuerdo, pero esa mentirijilla me ha recordado a otras que dificultaban mi comprensión del mundo adulto, o del mundo en sí. “¿Qué hora es? La ciento tres”, “¿Qué hay de comer? Lechugas romanas”, “¿A dónde vais? A la leva del higo pala” y todo con el mero objetivo de hacer rabiar. Y es que tardé años en saber lo que era una lechuga de Roma, ni más ni menos, que igual que las que había en el frigorífico. Ni digo la poca gracia que me hacía eso de “la ciento tres” (y aunque es cierto que qué más me daba la hora que era, venga ya, son ganas de crear incertidumbre). Y lo de los higos de pala, bueno, corramos un estúpido velo, porque ya era yo carlanca (dícese en mi pueblo de los que tienen edad sobrada para comprender las cosas) cuando, harta de ver las paleras, caí en la cuenta de la referencia. No obstante, creo que debería darle las gracias por haberme creado misterios a partir de lo más cotidiano. En fin, “señoras que dicen mentiras a sus hijos que crean misterios al estilo de Cortázar”. Qué homenaje... ¡Ahí es ná!

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