sábado, 24 de octubre de 2009

Indiviso y uno el anagrama

Mi abuela me contó una vez que cuando alguien se siente mal, no físicamente, sino con el ánimo por los suelos, la mejor terapia consiste en mirar el agua correr. Así de sencillo. Ya sea sentado frente al mar, en un puente, a la orilla de una acequia... Donde sea, pero con agua. Me parece un buen consejo. Escribía una vez, empujada por el recuerdo de Benedetti, que el “mar es un azar” y quién no ha sentido esa mística de hallarse ante algo más grande que uno mismo, más misterioso, más poderoso, capaz de la calma y también de la violencia.

Mucho tiempo después, cuando aún éramos estudiantes de la facultad, fuimos al cine a ver Roma, esa bella película de Adolfo Aristarain, y no podía dejar de llorar, aunque lo disimulaba uno de esos trancazos chungos que de vez en cuando pillo. Y es que Roma, el amor, era todo eso y más, era la madre de cada uno de nosotros y el sacrificio y la generosidad y todo lo incondicional. Y el futuro próspero y triunfal en los ojos. Y era Joaco (interpretado con emoción por José Sacristán) mirando el río correr, llegando a la conclusión, a lo definitivo, al anagrama.

Y como todo está conectado, por casualidad o causalidad, el otro día El secreto de sus ojos me recordó esa sensación de que hay un momento clarividente en la vida de cada uno. Qué bella película. No sólo está bien escrita, como todos los guiones de Juan José Campanella, sino que se convierte en una de esas obras que van de lo particular (un caso cerrado únicamente para algunos) a lo global (cuál es nuestra posición ante la justicia, debemos obedecer nuestras intuiciones, mirar a los ojos, seguir nuestra pasión...). En fin, una historia conmovedora (también removedora), que recomiendo a todos. Y un deseo: encontrar esa pasión en un mar de idas, venidas y distracciones. O que ella me encuentre. Nos encuentre. Y no miremos hacia otro lado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario