Estamos en un momento en el que las series de televisión gozan de la calidad de un buen largometraje (por supuesto, con excepciones). En realidad, esto ya comenzó en su día con Los Soprano, Sexo en Nueva York o A dos metros bajo tierra y llegó hasta el boom con el estreno de Perdidos, Mujeres desesperadas, Anatomía de Grey, Dexter o la genial The Wire. Yo me confieso consumidora, creo que es la palabra, porque actualmente sigo más series de las que debiera y, como el gordo cabrón, he entrado en un círculo vicioso y no sé si yo las consumo a ellas o ellas a mí. La verdad es que había algo que hace seis años me preocupaba... Comenzaban series como las que he mencionado antes y, por el éxito que se les auguraba y se confirmaba en la audiencia, ya hablaban de la cantidad de temporadas que tendrían...
Y yo tenía sentimientos contradictorios (aquí me voy a poner un poco Santa Teresa ), porque por una parte no entendía que fueran a alargarnos DURANTE SEIS AÑOS con una intriga constante, pero por otro lado, pensar que alguna vez acabara me daba pena y también alivio... ¿Quién no se acuerda de los chuchucientos capítulos de las telenovelas cuando se pusieron de moda? Podías ver toda una semana y, practicando un resumen mental, veías que no había sucedido absolutamente nada. Y no diréis que vosotros no habéis visto ningún culebrón... ¡No osaréis!
A lo que iba, en 2004 hubo un importante estreno de productos que tenían en común una duración, unos 40 minutos, y una trama que enganchaba. Los mejores consiguieron sobrevivir a la huelga de guionistas y durar hasta hoy en día, si bien es cierto, actualmente algunos de ellos deberían pensar en echar la persiana por agotamiento de la fórmula. Un ejemplo de este último es Anatomía de Grey, que reconozco es algo folletinesca desde su comienzo, pero que tiene algunos personajes que me agradan y algunas reflexiones interesantes. ¿La pega? Después de seis temporadas, el personaje que te parecía interesante, empezó a parecerte antipático, para después volver a gustarte... No es que una pierda coherencia, es que las temporadas han estirado lo imposible y como consecuencia, se les ha restado credibilidad a los personajes y a las situaciones.
En el caso contrario, podemos hablar de las que ya han finalizado su emisión, casos como A dos metros bajo tierra, The Wire o Perdidos (además de Los Soprano o Sexo en Nueva York), series que considero redondas porque, he aquí la conclusión, supieron acabar lo empezado: tiene mucho mérito poner fin a una fórmula exitosa en el momento apropiado. Además, hablar de cada una de ellas ocuparía mucho más espacio del que querría para esta entrada.
En definitiva, toda esta introducción, tan larga (cuánto me gustará hablar de series!) para recomendar una que sigo en los últimos meses: En terapia (In treatment). Premisas para ver esta serie:
- Su protagonista es Gabriel Byrne
- Rodrigo García es productor ejecutivo y dirige algunos de los episodios
- La HBO produce
- Aparece la siempre estupenda Dianne Wiest
- Cada capítulo dura aproximadamente unos 20 minutos y...
- Es una sesión de terapia que tiene en común al terapeuta en cuestión y a los pacientes, cuatro por semana (uno por episodio)
Y esas son algunas razones, porque al fin y al cabo las más importantes, para ver una peli o una serie o leer un libro o escuchar un grupo, las encontramos cuando nos aproximamos a ellas, cuando las vemos, las leemos o escuchamos.
A mí esta serie me gusta (aparte de por Gabriel Byrne que es uno de esos actores que me gustan en todo lo que hacen: Muerte entre las flores, Sospechosos habituales, etc), porque me hace reflexionar sobre mí misma y los demás, cómo somos, por qué reaccionamos de determinada manera ante ciertas cosas, por qué es más lo que nos une que lo que nos separa y, especialmente, porque enseña que nadie, ni siquiera tu terapeuta, lo tiene todo claro ni en su vida, ni en la tuya, que desde el papel que representamos y vivimos, hay una incertidumbre común e inherente al ser humano. Así lo expresa Paul Weston (Gabriel Byrne) en un momento:
"Conocemos las reacciones, las aversiones, lo que idealizan, lo que difaman. (...) Me pregunto todas las veces si sé... si sé de verdad lo que creo saber sobre la vida de mis pacientes".
Eso, que somos un misterio (ya lo decía Juncal, torero, piropeador y filósofo de la vida, "¡misterios!").
Y yo tenía sentimientos contradictorios (aquí me voy a poner un poco Santa Teresa ), porque por una parte no entendía que fueran a alargarnos DURANTE SEIS AÑOS con una intriga constante, pero por otro lado, pensar que alguna vez acabara me daba pena y también alivio... ¿Quién no se acuerda de los chuchucientos capítulos de las telenovelas cuando se pusieron de moda? Podías ver toda una semana y, practicando un resumen mental, veías que no había sucedido absolutamente nada. Y no diréis que vosotros no habéis visto ningún culebrón... ¡No osaréis!
A lo que iba, en 2004 hubo un importante estreno de productos que tenían en común una duración, unos 40 minutos, y una trama que enganchaba. Los mejores consiguieron sobrevivir a la huelga de guionistas y durar hasta hoy en día, si bien es cierto, actualmente algunos de ellos deberían pensar en echar la persiana por agotamiento de la fórmula. Un ejemplo de este último es Anatomía de Grey, que reconozco es algo folletinesca desde su comienzo, pero que tiene algunos personajes que me agradan y algunas reflexiones interesantes. ¿La pega? Después de seis temporadas, el personaje que te parecía interesante, empezó a parecerte antipático, para después volver a gustarte... No es que una pierda coherencia, es que las temporadas han estirado lo imposible y como consecuencia, se les ha restado credibilidad a los personajes y a las situaciones.
En el caso contrario, podemos hablar de las que ya han finalizado su emisión, casos como A dos metros bajo tierra, The Wire o Perdidos (además de Los Soprano o Sexo en Nueva York), series que considero redondas porque, he aquí la conclusión, supieron acabar lo empezado: tiene mucho mérito poner fin a una fórmula exitosa en el momento apropiado. Además, hablar de cada una de ellas ocuparía mucho más espacio del que querría para esta entrada.
En definitiva, toda esta introducción, tan larga (cuánto me gustará hablar de series!) para recomendar una que sigo en los últimos meses: En terapia (In treatment). Premisas para ver esta serie:
- Su protagonista es Gabriel Byrne
- Rodrigo García es productor ejecutivo y dirige algunos de los episodios
- La HBO produce
- Aparece la siempre estupenda Dianne Wiest
- Cada capítulo dura aproximadamente unos 20 minutos y...
- Es una sesión de terapia que tiene en común al terapeuta en cuestión y a los pacientes, cuatro por semana (uno por episodio)
Y esas son algunas razones, porque al fin y al cabo las más importantes, para ver una peli o una serie o leer un libro o escuchar un grupo, las encontramos cuando nos aproximamos a ellas, cuando las vemos, las leemos o escuchamos.
A mí esta serie me gusta (aparte de por Gabriel Byrne que es uno de esos actores que me gustan en todo lo que hacen: Muerte entre las flores, Sospechosos habituales, etc), porque me hace reflexionar sobre mí misma y los demás, cómo somos, por qué reaccionamos de determinada manera ante ciertas cosas, por qué es más lo que nos une que lo que nos separa y, especialmente, porque enseña que nadie, ni siquiera tu terapeuta, lo tiene todo claro ni en su vida, ni en la tuya, que desde el papel que representamos y vivimos, hay una incertidumbre común e inherente al ser humano. Así lo expresa Paul Weston (Gabriel Byrne) en un momento:
"Conocemos las reacciones, las aversiones, lo que idealizan, lo que difaman. (...) Me pregunto todas las veces si sé... si sé de verdad lo que creo saber sobre la vida de mis pacientes".
Eso, que somos un misterio (ya lo decía Juncal, torero, piropeador y filósofo de la vida, "¡misterios!").
"What am I supposed to do now?"

No hay comentarios:
Publicar un comentario